lunes, 29 de febrero de 2016

LA FRONTERA

Estaba desorientado. A mi alrededor no había nada, absolutamente nada.  Una inmensa y silenciosa extensión de color blanco sin delimitar, como una enorme pista de patinaje sin el sonido del crujir del hielo bajo las cuchillas deslizándose. Solo oía los latidos de mi corazón cada vez más acelerados, como mi respiración, que asemejaba una vieja caldera antes de estropearse, emitiendo sus últimos estertores. No tenía sensación de frío o calor. Tampoco percibía olores que pudieran remitirme a algún lugar conocido.  Era una sensación extraña aunque no desagradable.  Intenté gritar un socorro o un auxilio pero, a pesar de la vibración de mis cuerdas vocales, era incapaz de emitir sonido alguno. Quizás me había quedado sordo y no oía mi voz. O ciego, como en el libro de Saramago en que una plaga inédita ocasiona una repentina ceguera blanca. Un vacío blanco me envolvía y no tenía el hilo de Teseo para encontrar la salida.
Cerré los ojos y la blancura permaneció, como si hubiera invadido mi retina para siempre y el exceso de luz hubiera eliminado los colores del espectro cromático.  Intenté recordar mi noche anterior y ninguna imagen acudió a mi cerebro.

Comencé a andar en línea recta, sin un horizonte que diera una referencia, sin un suelo firme en el que grabar mis pisadas, sin un cielo estrellado que me permitiera orientarme en aquel vacío ingrávido y pálido. Tenía la sensación de flotar y, aunque mis piernas avanzaban, mis pies no sentían el contacto con algo sólido. Estaba perdiendo la noción del espacio y del tiempo.

Tenía que haber una explicación lógica a lo que me estaba sucediendo. Quizás fuera el único superviviente de una explosión nuclear y el mundo estaba aún sumergido en las tinieblas de humo blanco y espeso, o quizás hubiera muerto y el lugar en que me hallaba era el cielo, pero ¿dónde estaba Dios?, ¿y San Pedro?, ¿No debería estar San Pedro en la puerta registrando mi llegada al paraíso?
Seguí caminando o, al menos, moviendo las piernas,  porque era imposible saber si avanzaba o permanecía siempre en el mismo lugar, atrapado en una irrealidad sin salida.

Tras largo rato sin ver ni oír nada, me detuve. Estaba angustiado, no encontraba el sentido a la situación. Los latidos del corazón se habían trasladado a mi cabeza y golpeaban cada vez con más fuerza. Tenía miedo, terror. No había nada que amenazara mi integridad, sólo estaba yo, suspendido en la palidez de un territorio sin fronteras verticales ni horizontales, trescientos sesenta grados de nada. Era como un insecto sumergido en un  enorme bidón de espuma.

Tu aparición me arrancó dos lágrimas. Vestías de blanco, camuflándote con el entorno, y caminabas hacia mí con lentitud. No parecías asustada, al contrario, tenías dibujada en tu rostro una sonrisa tranquila y amable. Avanzabas lentamente, con los ojos cerrados y con una sensación de placidez que hacía que aumentara mi intranquilidad. Yo corrí hacia ti para abrazarte, no sabía quién eras pero, ¿qué importancia tenía que nos conociéramos?. Estábamos perdidos en una broma de mal gusto y necesitaba el contacto de una persona para que me hiciera olvidar lo etéreo de nuestras fronteras imaginarias.  Estabas a un metro cuando estiré mis brazos para tocarte y noté el frío de un cristal impoluto. Tú no te alteraste, seguías manteniendo el gesto de tu sonrisa. Golpeé involuntariamente mi cabeza contra el cristal y caí poco a poco, resbalando por la superficie fría y transparente del vidrio que nos separaba. Estaba atrapado en una inmensa jaula transparente. Estábamos atrapados, tú también estabas presa entre cuatro paredes invisibles.

No existía un mundo tangible, únicamente ese vidrio que nos impedía tocarnos. No entendía tu impasibilidad, tu sonrisa parecía obviar la desgracia de estar en una locura vestida de blanco. Me quedé recostado contra el muro invisible e intenté decirte algo. Notaba cómo pronunciaba y silabeaba cada una de las palabras que quería decir, pero ningún sonido salía al exterior. Morían en mis labios como un pensamiento sin compartir, como una catarata de ideas que se precipita a un lago de vocablos mudos.

Te miré a través del cristal y vi como tus palabras se precipitaban al mismo lago que las mías. No podía oír nada. Quizás fuera la pared acristalada la que impedía que te oyera. Te hice un gesto golpeando repetidamente mis orejas con el dedo índice y encogiéndome de hombros. Acercaste tu cara hasta el cristal y echaste tu aliento hasta empañar un palmo.  Deslizando suavemente tu dedo, escribiste: FRONTERA.

No entendí que querías decir. Ya sabía que era un muro infranqueable, una barrera, una frontera. Volviste a empañar el cristal y de nuevo tu dedo escribió dos nuevas palabras separadas por una barra: REALIDAD/ SUEÑO.

Estaba soñando. Eras la protagonista de mi pesadilla y ante mi desesperación quisiste despertarme revelándome el secreto de lo que estaba sucediendo. No querías que sufriera y preferiste morir entre mis pensamientos, desaparecer en el momento que mi realidad apareciera repentinamente. Despertaría sudando y asustado, suplicando ayuda a nadie, porque nunca ha habido nadie a mi alrededor.

Me quise despedir dibujando un corazón de agradecimiento y en su interior la palabra adiós. Aproximé mi rostro a nuestra frontera acristalada e intenté que mi aliento impregnara la suficiente porción para que mi despedida fuera tan grande como había sido mi desazón. Espiré con todas mis fuerzas pero, igual que mis palabras, mi suspiro murió sin empañar el vidrio. No tenía aliento, no tenía respiración, no tenía vida. Un quejido sin eco, muerto en mis pulmones, ahogado y perdido en la nada.

Entonces comprendí,  era yo el que había llegado a una frontera que jamás podría traspasar. Pertenezco al mundo de lo intangible, a las ideas, al pensamiento, a los sueños. Si, simplemente soy un sueño. Tu sueño.