viernes, 4 de marzo de 2016

CITAS POR INTERNET

Me atormentaba la sonrisa de la luna encajada entre los edificios del final de la calle. Y la mía, también me atormentaba mi triste sonrisa que me despreciaba desde el espejo. No había sido una buena semana…, ni un buen año. En realidad, no había sido una buena vida. Desde que recordaba, estaba sumido en lo más profundo de un abismo y no encontraba una cuerda a la que asirme y poder emerger. Era la imagen de un hombre vencido por la vida y sin fuerzas para seguir buscando una escalera que condujera a un territorio sin tinieblas: descalzo, con una camiseta de tirantes sucia, y el pantalón de un traje del que jamás utilicé la americana. La barba descuidada de un par de días y el cabello alborotado, como el estómago, que rugía solicitando algo sólido y acabó regado con alcohol.

Apunté con el revólver a mi reflejo a la vez que esa deprimente imagen me apuntó a mí. Era un duelo de perdedores. Había asesinado a tanta gente que me daba igual hacer otra muesca en mi conciencia. Realmente, jamás me importó demasiado. Era un trabajo al que no le encontraba el placer pero tampoco suponía que afloraran remordimientos que me impidieran seguir en la profesión. Mi eterna depresión no encontraba alivio en la muerte, pero tampoco se agudizaba. Era una infinita línea horizontal, sin alteraciones.

Me hallaba en un ático de pequeñas dimensiones  que se ensanchaban con las vistas que ofrecía de la ciudad. Me gustaba la noche contemplada desde la altura, el tono anaranjado que teñía la oscuridad de misterio.  Me hubiera gustado cambiar mi sótano, con vistas a un gran muro, por este magnífico altillo. Se lo había alquilado a un conocido que se empeñaba en llamarme amigo, nunca confié en los que te llaman amigo.

Me volví a mirar al espejo y decidí acabar de vestirme. Me afeité y ordené mi cabello con las manos intentando disimular la incipiente calvicie. Intenté sonreír y transmitir esa falsa felicidad de la que siempre había carecido. Consulté el reloj y empecé a impacientarme.Hacía tiempo que no tenía una cita a solas con una mujer, supuse que la impuntualidad la hacía más deseable y que ella  sería consciente de ello Eran las diez y cuarto, hacía quince minutos que tenía que haber llegado.Conocí a la chica a través de una web de citas, esperando un polvo rápido y poco más. Me fastidiaban las presentaciones, la cena, las charlas vacías esperando que se pusiera blanda y accediera a abrir las piernas.Mis relaciones con mujeres siempre habían sido tan breves como mi orgasmo y con un cariño directamente proporcional al dinero que entregaba antes de follar.

Sonó el timbre con insistencia, seis veces, tal y como habíamos acordado. No sé por qué me puse nervioso, solía ser una persona bastante fría. No era especialmente guapa aunque tampoco mi físico era un regalo. Nos presentamos con un par de besos y le invité a pasar. Le ofrecí asiento en el sofá, frente al ventanal que traslucía una magnífica panorámica de la ciudad. La luna continuaba sonriendo, probablemente burlándose de mí.

Marta parecía una persona culta, se interesó por las fotografías y cuadros que decoraban la sala, también hizo algún comentario sobre alguno de los cientos de libros que descansaban sobre una estrafalaria estantería. Me hizo un breve resumen de su estado actual, su trabajo, sus aficiones, sus problemas, a pesar de que ya habíamos hablado por el chat y nos habíamos confesado on line. Por supuesto yo había mentido en todo excepto en mi físico, había colgado una fotografía real y no podía engañar. Serví unas cervezas y continuamos enfrascados en un diálogo ágil, sin silencios, como si nos conociéramos de toda la vida. La chica me cayó bien, hacía tiempo que no congeniaba con una persona, digamos, normal, y pareció que la línea horizontal de mi depresión se elevaba y quería emerger a una superficie desconocida.

Picoteamos algo de la cena que había encargado en un restaurante de breves platos y grandes cuentas, y descorchamos un Viña Tondonia. Había puesto bastante esmero en agradarla esperando supiera corresponderme en la cama y se relajara. El alcohol comenzó a hacer efecto y Marta se soltaba cada vez más. Nos sentamos en el sofá y nos besamos con pasión, un sentimiento que casi ni recordaba. Me sentí deseado, no sé si fruto del vino y las cervezas o de un interés real que supe despertar en la chica. Empezamos a desnudarnos y mi revólver cayó al suelo con estrépito. Me había olvidado de él. Me había olvidado del verdadero propósito de la cita. Marta había conseguido que un frío asesino se olvidara de su real cometido. Me apartó de un empujón y me preguntó acerca del arma. Improvisé una excusa convincente y pareció satisfecha. Seguimos en el punto en que lo habíamos dejado, pero no pude retomar mi papel de fogoso amante. Imaginaba a Marta con tres disparos en la cabeza y se me ablandaba la entrepierna y el corazón. Mis gélidos sentimientos se estaban templando con las caricias de Marta. No podía permitirme fallar.

Jamás había utilizado una web de citas aunque tuve que reconocer su utilidad, al menos en esta ocasión. Siempre me habían parecido una ventana a la falsedad. Triunfaba el que mejor sabía mentir y más si se acompañaba de una buena foto, que en la mayoría de ocasiones no coincidía con la realidad. Esta vez no fue así. Ella siempre fue sincera y la foto que tenía colgada era fiel a la persona que descansaba sobre la cama. Miré hacia la habitación y contemplé su  cuerpo desnudo. Me pareció mucho más guapa que cuando la vi entrar.

Accedí a la terraza y encendí un cigarrillo post coito sabiendo que ella no se lo iba a fumar. Tampoco me preocupó si era fumadora. La ciudad seguía viva, susurrando sonidos para no despertar a los dormidos. La luna continuaba con su sonrisa que esta vez me pareció tener un gesto de complicidad.