jueves, 3 de marzo de 2016

VÍNCULOS





En mi habitación tengo un televisor y un espejo. También un ordenador y una ventana desde la que veo el campanario. Un magnetófono y una radio. Una guitarra y muchos libros.  Sin orden, y esparcidos por el resto de la vivienda, cientos de objetos que no utilizo y ropa que dicen pasó de moda, como yo, que también estoy en desuso. Por supuesto no me faltan electrodomésticos ni agua corriente o electricidad. Acumulo latas de comida a medio acabar y desperdicios, y el suelo está repleto de colillas, ceniza, polvo  y botellas vacías. Dos de las habitaciones son prácticamente inaccesibles: montañas de recuerdos míos y de desconocidos, figuras de porcelana, cuadros, aparatos rotos y otros sin romper, juguetes, muñecos, zapatos, colchones en vertical porque en horizontal ya no caben, muebles antiguos sin valor,… un verdadero mercado de bajo coste.  Mis mascotas son espontáneas y nunca sé cuántas tengo: cucarachas que salen de las grietas por la noche y se esconden durante el día.

Únicamente la habitación de mis padres y la mía permanecen intactas. La de ellos con su cama y sus mesillas de noche impolutas.  Sé que no les hace gracia ver su piso atiborrado y como buen hijo acepto su petición y mantengo ajeno a mis obsesiones su dormitorio.
Me gusta asomarme a la ventana  a las horas en punto y escuchar las campanadas. Veinticuatro veces cada día, ciento cincuenta y seis tañidos registrados en algún magnetófono como el mío,porque las campanas no se mueven. Sí lo hacen las gaviotas y las palomas que escapan del tejado del campanario volando espasmódicamente sobre la calle mayor, buscando alguna repisa donde reposar su agitado corazón.
A mí también me gustaría volar y no regresar jamás. Cruzar la calle mayor y la menor y ver los tejados alejarse, y el campo y el mar. Pero estoy encadenado a esta ciudad, a esta habitación. Condenado a la suciedad que fabrico y que se acumula a mi alrededor ejerciendo funciones de estantería o mesa, incluso de cama. Sí, alguna vez me he quedado dormido sobre las inmundicias que yo mismo fabrico, acompañado de mis mascotas que, cada noche, cuando suenan las diez o las once y a veces antes,completan una orgía gastronómica con mi basura.
Las pocas veces que salgo a la calle sufro de terribles mareos, taquicardias y ansiedad. Se me nubla la vista y se me seca la boca. Compro comida suficiente para un mes y recojo con fatiga y angustia objetos inservibles que paradójicamente  sirven para calmar mis trastornos.
Vivo únicamente con mis padres,que se han adaptado  a mis obsesiones igual que yo acepto su mutismo. En cambio, mis vecinos se quejan del hedor que invade la comunidad y siempre nos increpan e insultan a escondidas. Llaman a la puerta y calman su rabia e impotencia con improperios que se quedan flotando en el descansillo de la escalera. No recibimos apenas visitas. En los dos últimos meses únicamente una pareja de la guardia urbana se ha atrevido a pulsar el timbre para mostrarme una denuncia de los vecinos. Cuando les abrí la puerta y les invité a pasar, uno de ellos, superado por el fuerte y desagradable olor,vomitó sobre el felpudo de la entrada. El otro, me tendió la denuncia en la que había estampada la firma de todos mis vecinos y me dijo con voz autoritaria que tenía un breve plazo para vaciar el piso y eliminar el insoportable olor y las inmundicias que ponían en peligro la salud de los que me rodean.
-  Si quiere usted vivir con toda esa basura debería vivir aislado. Debería  usted acudir a su médico y dejar que el ayuntamiento se encargue de la limpieza de su vivienda.
No respondí, simplemente asentí con la cabeza para zanjar la discusión y ganar un tiempo para desvincularme de mis recuerdos.Cerré la puerta con suavidad dejando entrever mi aceptación y sumisión a su mandato.
-No lo olvide, antes de una semana volveremos por aquí para asegurarnos que acata las órdenes y empieza a vivir como las personas decentes.
Me dolieron sus últimas palabras: "como las personas decentes”. ¿Acaso no era yo decente? ¿Cuántos de mis vecinos se podían considerar mejores que yo o llevaban una vida más “decente”? ¿Era mejor que yo el señor del quinto que acumulaba una gran fortuna con la que jamás podría tener  ningún vínculo o cariño, más allá de lo que la imaginación le permitiera hacer con ella?, ¿O la señora del tercero que estaba liada con el del segundo, ese que maltrataba a su mujer y sonreía con sus  ¡buenos días o noches! mostrando sus encías enrojecidas?. De todos podría reprochar su falta de sentido en la convivencia. La hipocresía hace que los gestos de amabilidad se pierdan en cuanto cierran la puerta y se comportan realmente como son.
Considero que el hecho de sentir un vínculo afectivo por mis objetos no me convierte en un indecente.¿Es en todo caso más humano el que entierra a sus seres queridos olvidándolos en un cementerio al que tan solo acude una vez al año a depositar flores y tranquilizar su conciencia?
Yo cada día hablo con mis pobres padres, les explico mis vivencias, escasas debido a mi reclusión, mis inquietudes o anhelos. Siempre son largos monólogos ininterrumpidos, sin quejas o reproches por su parte. Me gustaría que fuera un diálogo,incluso sentir su desaprobación en algunos temas, pero desde hace algunos años se limitan a permanecer tumbados en su cama y hacer como que escuchan mis interminables lamentos, sin inmutarse, con la mirada perdida y ajenos a mi voz y al tañir de las campanas.