martes, 22 de marzo de 2016

WHATSAPP



He llegado a la edad en que los recuerdos pesan más que el propio cuerpo y el futuro es tan sólo un tiempo verbal. Perdí mi agilidad hace tiempo y ahora arrastro mi sombra con ayuda de un bastón y un brazo amigo. Mi cabeza sigue lúcida y mi vista intacta. Mi corazón late a un ritmo constante, sin sobresaltos. Vivo por rutina, sin apenas ilusión.  La televisión se ocupa de distraer mis preocupaciones y aligerar la espera.  Algún libro, cuando tengo fuerzas y ganas, también desvía mis pensamientos.  La alegría sólo se presenta cuando me visitan mis hijos y nietos, los fines de semana.
A veces me da la sensación de vivir en una pequeña sala de espera en la que únicamente me encuentro yo, con un papelito que indica el número de turno, arrugado y escondido dentro mi mano temblorosa . Rezo silenciosamente para no ser el siguiente, deseo que en la pantalla no aparezca el número que guardo apretado entre mi mano y el bastón.
Hace dos días la muerte me envío un whatsapp felicitándome el cumpleaños, con divertidos emoticonos de guadañas que me guiñaban un ojo. No había más texto, simplemente la felicitación. No sé utilizar las nuevas tecnologías, la chica que comparte mi vida durante el día fue la que ,sorprendida por el remitente, me mostró el mensaje.

Ese mismo día tenía una comida con mis hijos para celebrar mi aniversario. Les comenté la broma de mal gusto que había recibido y le quitaron importancia. Intentaron averiguar el teléfono de quien lo enviaba, saber quien era realmente el remitente. Imposible, no había opción, tras un número oculto se debía esconder un bromista con poca gracia. Aprovecharon la circunstancia para explicarme como se utiliza el maldito whatsapp. Reímos sobre la pintoresca imagen de un anciano con boina y bastón enviando mensajes y emoticonos. Ya les advertí  que la boina no me la iba a quitar nadie y el bastón serviría para poner las cosas en su sitio en caso de que no abandonaran su cariñosa burla.
A mis años eres consciente, aunque intentes olvidarlo, de la cercanía de la muerte. Hay días en que asumes tu finitud e incluso tienes ganas de dormir y no despertar, sin dolor, quizás lo que más me aterra es el sufrimiento.  El mensaje de la muerte me acercó más al horizonte que hace tiempo tengo frente a mí. Mi religiosidad se ha multiplicado exponencialmente y no hay día en que no rece tres o cuatro veces. Mi comunicación con Dios es fluida pero unidireccional, me gustaría respuestas y no únicamente larguísimos monólogos de expiación.
La soledad me atemoriza tanto como la muerte. Las noches, cuando mi cuidadora me deja acostado y me da un beso sin sentimiento, son un suplicio, me asaltan pensamientos y recuerdos que me torturan durante horas. Llevo varias noches en que el mensajito de felicitación se pasea entre mis pesadillas. Cuento guadañas en vez de ovejas. Me levanto varias veces, algunas para orinar, otras para beber, por dolor, y a veces, simplemente por la imposibilidad de conciliar el sueño.
Ahora sé que el remitente no es un bromista, es la propia muerte que ha querido avisarme de su llegada.  Hoy siento como me abraza la soledad  entre las sombras de los pasillos y la angustia de mi final. Desearía despedirme, besar a mis hijos y nietos, pero a pesar del aviso de la señora de negro, nunca sabes cuando te irás.  Esta noche la he visto, se pasea alrededor de la habitación, silenciosa y con cierta elegancia.  Ha asomado tímidamente la cabeza y creo que me ha guiñado un ojo, como los emoticonos de su mensaje.  Aprieto la medalla que llevo colgada para avisar en caso de urgencia. Intento también llamar a mis hijos, pero no tengo fuerzas para marcar el número. Pasa un tiempo eterno hasta que oigo la ambulancia, lejana.  Hay un cierto bullicio en la habitación, gente que entra y sale .Escucho la voz de mis hijos distorsionada. La oscuridad reina por fin y el silencio absoluto me desconecta de los llantos inconsolables de mis queridos hijos.
Recobro la consciencia. Ha desaparecido la oscuridad. Una agradable luz alumbra  una infinita llanura blanca, aséptica  y con una enorme sensación de vacío. No hay horizonte, ni nubes , ni caminos o carreteras, ni flores o árboles, no hay nada.
Un pitido inconstante y la vibración exagerada del móvil que guardo en el bolsillo me avisan de la recepción de un mensaje. Mi imagen debe ser cuando menos extraña. Mi boina, mi traje de los domingos, y en la mano derecha, el  bastón que apoyo sobre el vacío que me rodea. En la mano izquierda, el móvil que sigue chillando desesperado. Con la parsimonia de un anciano torpe y desorientado, abro el dichoso mensaje:
“Bienvenido al paraíso”